¡Ahora lo veo en todas partes!

Toda tu vida en este planeta y jamás habías oído el nombre de ese escritor, habías visto a ese actor o habías escuchado a ese grupo de música, pero basta que conozcas de su existencia para que de pronto todo el mundo se ponga de acuerdo, y tú te lo encuentres hasta en la sopa. ¿Cuántas veces os ha pasado esto?

Pues en 1986 más o menos, un tal Terry Mullen se inquietó por esta casualidad que le acababa de suceder y decidió remitírsela a la sección de anécdotas del St. Paul Pioneer Press, bajo el título: “El fenómeno Baader-Meinhof”. Resulta que el señor Mullen estaba leyendo un artículo en el periódico y allí leyó por primera vez sobre la existencia de una organización terrorista alemana de la posguerra llamada Fracción del Ejército Rojo, o Baader-Meinhof (en honor a sus líderes más destacados). A partir de ese momento empezó a verlo en numerosos lugares cuando ni siquiera lo buscaba… y esto le llamó tanto la atención que decidió mandarlo al periódico.

Una vez que se publicó su escrito, empezaron a llegar montones de historias de lectores que habían vivido lo mismo con distintos contenidos, y desde entonces se enviaron bajo el nombre del efecto baader-meinhof. Así, el efecto se define como: ” Fenómeno que sucede cuando una persona, después de haber aprendido algun hecho específico, una frase, una palabra, o la existencia de una cosa por primera vez, se la encuentra de nuevo, quizá muchas veces en un periodo corto después de haberlo aprendido“.

¿Por qué nos pasa esto? Existen distintas explicaciones en función de a quién acudamos. Dentro de las explicaciones menos científicas podemos encontrar el concepto Jungiano de sincronicidad, que significa: “la simultaneidad de dos sucesos vinculados por el sentido pero de manera acausal”, es decir, cuando dos acontecimientos que es muy improbable que se den juntos, se dan y además tiene un significado. Esta definición es muy liosa y rollo, así que vamos a explicarlo a través de un ejemplo del propio Jung:

“Una joven paciente soñó, en un momento decisivo de su tratamiento, que le regalaban un escarabajo de oro. Mientras ella me contaba el sueño yo estaba sentado de espaldas a la ventana cerrada. De repente, oí detrás de mí un ruido como si algo golpeara suavemente la ventana. Me di media vuelta y vi fuera un insecto volador que chocaba contra la ventana. Abrí la ventana y lo cacé al vuelo. Era la analogía más próxima a un escarabajo de oro que pueda darse en nuestras latitudes, a saber, un escarabeido (crisomélido), la Cetonia aurata, la «cetonia común», que al parecer, en contra de sus costumbres habituales, se vio en la necesidad de entrar en una habitación oscura precisamente en ese momento. Tengo que decir que no me había ocurrido nada semejante ni antes ni después de aquello, y que el sueño de aquella paciente sigue siendo un caso único en mi experiencia.”

Ahora nos queda más claro a qué se refería Jung con el tema de la sincronicidad. Pero como veis, esta explicación es un poco demasiado chamanesca. Como alternativa a este concepto surgen las explicaciones de corte cognitivo, que señalan la importancia de dos conceptos: la atención selectiva y la recencia.

La atención humana se divide en tres tipos: la atención sostenida (que es la que implica estar muy concentrados en una sola cosa, por ejemplo cuando leemos), la atención dividida (que es la que surge cuando hacemos varias cosas, por ejemplo cuando copiamos algo dictado: escuchamos y escribimos a la vez), y por último, la atención selectiva. Vamos a imaginarnos que estamos por la calle y hemos quedado con algún amigo. Lo más normal es que en la calle haya muchísima gente, ¿y cómo hacemos para no confundir a nuestro amigo con cualquier otra persona? Pues activamos nuestra atención selectiva, que tiene como una especie de filtro que nos hace ignorar la información irrelevante y captar únicamente la que nos interesa. Podréis imaginar lo difícil que sería para nuestro sistema -que es muy limitado- atender y procesar toodos los estímulos que nos encontramos a lo largo del día, y de los cuales muy poquitos son interesantes.

Bien, pues la primera propuesta es que cuando conocemos una nueva información, ésta se convierte en un estímulo significativo para nosotros y nos es más fácil identificarlo. Así, si ahora cualquiera de vosotros os ponéis a leer una revista y de pronto leéis “Efecto Baader Meinhof”, vuestra atención selectiva se fijará en ello porque ahora conocéis lo que es, y antes probablemente lo pasarais por alto, pues no tenía ningún significado. De este modo podemos ver que pasa con cualquier otro estímulo, por ejemplo si conocemos a alguien con un nombre raro, ahora nos fijaremos más en ese nombre y lo destacaremos más, puesto que ahora hemos activado un significado emocional.

La otra explicación tira del concepto de recencia. En psicología tenemos en cuenta el orden de presentación de los estímulos, puesto que se ha visto en numerosas investigaciones que es de gran importancia. Se ha visto una y otra vez que los estímulos que se presentan en primer (primacía) y último lugar (recencia) son mejor recordados por los sujetos, y adquieren una significación más potente. Así, cuando adquirimos una nueva información estamos más atentos al estímulo la próxima vez que lo encontremos.

Ahora que sabéis de la existencia de este fenómeno, estad atentos… y ¡a ver en cuantos sitios os lo encontráis!

El efecto Dunning-Kruger

Seguramente todos vosotros os habréis topado en vuestra vida con una de esas molestas personas que dicen saberlo todo. No importa el tema del que se esté hablando, porque estas personas dicen saber siempre más que los demás… aunque esto no lo demuestren demasiado a menudo.

Parece que los investigadores Justin Kruger y David Dunning de la Universidad de Cornell (NY) también conocían a un par de personas así, por lo que idearon una investigación para comprobar la existencia de esta tendencia a sobrevalorar los propios conocimientos e infravalorar los de los demás, independientemente de las pruebas que haya para pensar que tienen razón.

Para ello, lo que hicieron fue partir de la hipótesis de que los sujetos incompetentes cumplían tres características: tienden a sobreestimar su habilidad, son incapaces de reconocer las habilidades de los otros ni su incompetencia real; y por último, determinaron que si se les entrenaba para mejorar su habilidad, serían capaces de darse cuenta de que antes no sabían tanto como creían.

Para someter esta hipótesis a comprobación empírica, lo que hicieron fue pedirle a una serie de estudiantes voluntarios que se sometieran a unos cuestionarios en los que se evaluaban distintas habilidades como comprensión lectora, lógica o gramática. Una vez que se obtuvieron los resultados, se les preguntó individualmente que estimaran qué tal lo habían hecho… y lo que se vio iba justamente en la dirección que apuntaban Kruger y Dunning: los sujetos que obtuvieron peores puntuaciones estaban seguros de haber sido de los mejores. Pero también encontraron algo que no habían planteado, y es que se producía también el efecto contrario: Los que tenían buenas puntuaciones, tendían a subestimar muchísimo sus resultados. Además, estos sujetos “brillantes” que se creían peores, también tenían la tendencia de creer que aquellas tareas que a ellos les resultaban muy complicadas, a los demás seguro que les parecían facilísimas, con lo que sus autopercepciones eran todavía más negativas.

Otros autores replicaron este experimento y encontraron que los resultados seguían siendo congruentes con el experimento original. Una y otra vez, aquellos menos capaces tendían a creerse superiores y a negar las habilidades de los otros, mientras que los competentes creían ser peores de lo que eran y estimaban como más capaces a todos los demás.

La explicación que se ha dado a este efecto está en relación al feedback que se recibe desde cada uno de los dos grupos. Como decíamos al inicio, cuando en una conversación normal nos encontramos con la persona sabelotodo, que por mucho que se le diga que no tiene razón, no hace ni caso… acabamos por dejar de decirle nada e ignoramos la mayoría de sus comentarios, esto es, no les damos feedback. Esta falta de retroalimentación provoca que estos sujetos consideren que nadie tiene ninguna duda de sus conocimientos, por lo que esto tiene que significar que son superiores y nadie replica porque saben menos que él. Sin embargo, cuando estamos conversando con una persona que reconoce lagunas en sus conocimientos y aportamos algún dato que desconoce, hacemos que añada esa nueva información a sus conocimientos previos, de manera que se refuta su idea de que no lo sabe todo, y de que los demás pueden tener más conocimientos que de los que posee.

Sin embargo, para explicar este efecto debemos tener en cuenta ciertos factores, que a menudo son ignorados. En primer lugar, hay que atender a los efectos de la regresión a la media. Este concepto se refiere a una tendencia a que los sujetos más extremos se vayan acercando a la media en las mediciones posteriores, de manera que los más brillantes reducirían su rendimiento y los menos, lo aumentarían. Por tanto, vemos que no resulta tan sorprendente haber encontrado estos hallazgos si tenemos en cuenta este efecto. Pero aunque expliquemos parte de esta tendencia, aún hay algo que ni este concepto estadístico explica: ¿por qué se produce asimetría en las percepciones? Suponemos que si los incapaces tienden a evaluarse como excelentes, los capaces deberían verse en el extremo opuesto, sin embargo esto no es así.

Para explicar el motivo de esta asimetría, acudimos a los sesgos cognitivos, en este caso al sesgo por el cual las personas tendemos a considerarnos de un modo excesivamente positivo. De este modo, aquellos que resultaban incapaces exageraban sus resultados, pero los que infravaloraban, al hacer uso de este sesgo se veían menos influidos negativamente, situándose en su percepción más cerca de la realidad que los incapaces.

Finalmente, hay que señalar la existencia de estudios recientes que apuntan otra variable que hay que tener en cuenta: la dificultad de la tarea. Los investigadores vieron que en función de la dificultad, las percepciones cambiaban. En caso de enfrentarse a cuestionarios muy difíciles, todos los sujetos mostraban la sensación de haber tenido un desempeño menor que el resto de las personas. Sin embargo, cuando el cuestionario tenía preguntas fáciles, se refutaron los resultados hallados previamente por Kruger y Dunning.

Así que la próxima vez que os encontréis con uno de estos sabelotodo ya sabéis lo que contestarles!

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