En nuestra entrada de hoy vamos a recuperar la sección de criminología, y vamos a hablar de un sujeto que, aunque no goza de un historial de asesinatos especialmente destacado porque sólo tuvo una víctima, las circunstancias que le rodean hacen que sea un caso llamativo.

Nuestro protagonista de hoy es Grady Franklin Stiles Jr. nacido en 1937 enPitssburg. El destino quiso que el niño naciera en el seno de la familia Stiles, que tenía un historial médico muy peculiar… resulta que esta familia sufría un mal llamado ectrodactilia (o síndrome de Karsch-Neugebauer), que es una enfermedad hereditaria caracterizada por la malformación de las extremidades en las que los dedos pueden no formarse o fundirse unos con otros (esto se llama sindactilia). Como los dedos se juntan de una forma rara parece que tengan forma de pinzas de langosta.

Pues efectivamente, Grady heredó esta enfermedad tanto en manos como pies, lo que hizo que le fuera imposible caminar y que necesitara constantemente una silla de ruedas (que por otra parte hizo que desarrollara una gran fuerza) A pesar de esta deformidad, acudió a la escuela sin problemas hasta que a los siete años a su padre se le ocurrió la genial idea de sacarlo de la escuela para dedicarse a la vida circense.

La familia vivía en Gibsonton, un pueblecito de Florida que era célebre por ser el lugar de retiro de los monstruos de feria cuando se acababa la temporada. Así, no era raro ver por la calle a una mujer barbuda, a siamesas o montones de enanos, que para la época no era precisamente lo más común del mundo.

El padre de Grady, William (que también sufría la enfermedad), aprovechó este contexto para meter a su familia en la vida de la feria y comenzó a realizar su propio tour de La familia langosta.

Si bien muchas personas aprovechan estas duras condiciones para forjar su propia historia de superación personal y lo toman como una lección de vida de la que sacar algo positivo, para Grady fue el principio del odio por todos los que le rodeaban. Vivió amargado toda su vida por la malformación y no podía soportar las miradas de la gente, lo que hizo que su personalidad no fuera especialmente atrayente, siendo un tipo violento y malhumorado. A pesar de esto, el joven no sufrió el desdén de las damiselas y gozó de bastante éxito, pues según sus propias palabras: ” ¡Todas y cada una de las personas con las que me he acostado, han suplicado por tener sexo con mis pinzas!”. A los 17 se casó con Teresa, una bailarina de espectáculos que también trabajaba en el circo. Lo que no sabemos es si la chica se sintió atraída por Grady o lo que buscaba era escapar de su primer marido, un feriante con un carácter un poco complicado que le propinaba palizas día si, día también.

Nuesto protagonista no era especialmente simpático, y tampoco le hizo la vida muy agradable a Teresa. Tras 15 años de matrimonio tortuoso, decidieron quedar cada uno por su lado con una hija en común. La chica se quedó a vivir con su padre, pero cuando tenía 16 años no aguantó más el carácter abusivo y déspota de su padre, por lo que decidió casarse con su novio Jack, de 18 años y marcharse lejos del hogar. Sin embargo, para casarse necesitaba el permiso del chico langosta… y conociéndole, decidieron solicitarlo por teléfono. La conversación acabó en discusión acalorada, pero las amenazas de la joven de no volver jamás acabaron por ablandar el corazón de Grady, que les dijo que no pasaba nada y que volvieran a casa para que pudiera firmar el papel que quisieran. En efecto, los jóvenes enamorados decisieron que volverían a casa, pero para ahorrar tiempo, mientras la chica (Donna) iba a por el traje de novia, Jack se encargaría de las negociaciones con el padre. El novio confiado se encaminó a la casa, se acercó a su futuro suegro que le esperaba plácidamente en su sofá… y de pronto, Grady saca una pistola de debajo del sofá y propina dos disparos certeros a bocajarro al cuerpo del chico, que se desploma sin vida sobre el suelo del salón. Poco tiempo después Donna entra en casa con su traje de novia y encuentra a su prometido muerto a manos de su padre, que sonreía en el sofá mirando la escena.

Grady fue acusado de homicidio en primer grado, y pronto iría derechito a la silla eléctrica. Sin embargo, a lo largo de sus años de celebridad, había ahorrado algún dinero que le sirvió para contratar a un buen abogado. En el juicio consiguió encandilar a todos los presentes con su espectacular interpretación, en la que narraba lo dura que había sido su vida por sufrir aquella terrible deformidad. Con sus palabras consiguió librarse de todos los cargos, y una vez que volvió a la calle, empezó a mostrar un comportamiento “ejemplar” con su familia, habiendo dejado de beber y portándose bien con sus propias hijas… su conducta cambió tanto, que incluso Teresa volvió con él. La familia parecía volver a estar reunida, y durante un tiempo fueron felices, hasta que Grady volvió a las viejas costumbres. Comenzó a beber de nuevo, a maltratar a sus chicas y ignorar a su esposa. Era ambicioso y frívolo, y cansado de trabajar para los demás decidió montar su propio circo en el que mostrar a personas con deformidades como él.

La familia se embarcó en esta ambiciosa experiencia, y cada verano recorrían el país con su feria ambulante. Su esposa se encargaba de la venta de entradas, y pronto comenzó a quedarse con cierta parte del dinero obtenido hasta alcanzar una jugosa cantidad de dólares… que emplearía para un fin maquiavélico.

En efecto, un tiempo después se escucharon tres disparos en el parque de autocaravanas. Cuando los vecinos entraron vieron el cuerpo sin vida de Grady (cuidado, imágenes duras) en el sofá, rodeado de botellas de alcohol y colillas. Alguien le había disparado tres veces en la parte posterior de la cabeza… pero ¿quién? No es que fuera alguien que se hiciera querer, pero de ahí a asesinarle había un trecho. La investigación se inició, y las pruebas finalmente apuntaron a la esposa de Grady, Teresa y uno de sus yernos. Había reunido hasta $1500 y había contratado a un adolescente que hizo el trabajo sucio.

El chico fue acusado de homicidio en segundo grado y sentenciado a 27 años de prisión. Harry fue considerado el cabeza de este asesinado, así que fue acusado de homicidio en primer grado y cadena perpetua. Teresa fue acusada de cómplice y sentenciada a 12 años de prisión. En su defensa aseguró que su marido iba a matar a toda su familia, y que lo sentía pero “su familia estaba a salvo ahora”.

Esta familia se convirtió en un apartado interesante de la historia de Estados Unidos, que ha atraído la atención de múltiples turistas a lo largo de los años. Uno de los hijos de Grady, Grady III tuvo una hija que acabó dándole una nieta con la misma deformidad, y actualmente realizan funciones de vez en cuando. Su nieta Cathy fue solicitada por Tim  Burton para su película Bug Fish, y algunas páginas web hacen promociones con merchandising de Grady, como flotadores con su cuerpo o guantes con forma de pinza, o libros con fotos de los archivos policiales.

Hoy vamos a hablar de la anosognosia, que es un nombre muy raro y así como trabalengüesco. Supongo que a todos los que estamos aquí nos ha dolido algo alguna vez, y somos conscientes de ello. Por ejemplo, yo soy plenamente consciente de que puedo ver, y estoy segurísima de que si algún día dejara de ver… pues me daría cuenta. Bueno, ¿y si os dijera que hay una enfermedad que te hace no saber que estás enfermo?

La anosognosia es una condición por la cual la persona no es capaz de darse cuenta de que tiene algún tipo de incapacidad. Así contado suena como muy abstracto, y podéis imaginaros que la gente puede no darse cuenta de que tiene trastornos como la esquizofrenia o un trastorno de personalidad, donde es habitual que los pacientes no se mediquen porque no creen que lo necesiten. En realidad, es importante diferenciar lo que es la anosognosia y lo que es la negación. En el caso de esta última, el paciente sabe que en el fondo hay algo que funciona mal en él, y trata de disminuir su inquietud psicológica negando la realidad (por ejemplo trata de no ir al médico para no confirmarlo). En la anosognosia, el sujeto no es consciente de que haya algún problema, y hablamos de temas como la ceguera o la parálisis. Esto si que suena difícil de creer, ¿cómo alguien que no ve ni torta no va a darse cuenta de que está ciego si antes veía? Pues justamente esto es lo que nos cuenta Oliver Sacks en su relato “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero” y es la historia (bueno, un cachito de ella)  que vamos a utilizar para entender bien las implicaciones de este déficit cognifivo:

El doctor P. era un músico distinguido, había sido famoso como cantante, y luego había pasado a ser profesor de la Escuela de Música local. Fue en ella, en relación con sus alumnos, donde empezaron a producirse ciertos extraños problemas. A veces un estudiante se presentaba al doctor P. y el doctor P. no lo reconocía; o, mejor, no identificaba su cara. En cuanto el estudiante hablaba, lo reconocía por la voz. Estos incidentes se multiplicaron, provocando situaciones embarazosas, perplejidad, miedo… y, a veces, situaciones cómicas. Porque el doctor P. no sólo fracasaba cada vez más en la tarea de identificar caras, sino que veía caras donde no las había: podía ponerse, afablemente, a lo Magoo, a dar palmaditas en la cabeza a las bocas de incendios y a los parquímetros, creyéndolos cabezas de niños; podía dirigirse cordialmente a las prominencias talladas del mobiliario y quedarse asombrado de que no contestasen.

Al principio todos se habían tomado estos extraños errores como gracias o bromas, incluido el propio doctor P. ¿Acaso no había tenido siempre un sentido del humor un poco raro y cierta tendencia a bromas y paradojas tipo Zen? Sus facultades musicales seguían siendo tan asombrosas como siempre; no se sentía mal… nunca en su vida se había sentido mejor; y los errores eran tan ridículos (y tan ingeniosos) que difícilmente podían considerarse serios o presagio de algo serio. La idea de que hubiese «algo raro» no afloró hasta unos tres años después, cuando se le diagnosticó diabetes. Sabiendo muy bien que la diabetes le podía afectar a la vista, el doctor P. consultó a un oftalmólogo, que le hizo un cuidadoso historial clínico y un meticuloso examen de los ojos. «No tiene usted nada en la vista», le dijo. «Pero tiene usted problemas en las zonas visuales del cerebro. Yo no puedo ayudarle, ha de ver usted a un neurólogo. » Y así, como consecuencia de este consejo, el doctor P. acudió a mí.

[...] cuando examinaba los reflejos (un poco anormales en el lado izquierdo) se produjo la primera experiencia extraña. Yo le había quitado el zapato izquierdo y le había rascado en la planta del pie con una llave (un test de reflejos frívolo en apariencia pero fundamental) y luego, excusándome para guardar el oftalmoscopio, lo dejé que se pusiera el zapato. Comprobé sorprendido al cabo de un minuto que no lo había hecho.

—¿Quiere que le ayude? —pregunté.
—¿Ayudarme a qué? ¿Ayudar a quién?
—Ayudarle a usted a ponerse el zapato.

[...]—Es la vista —explicó, y dirigió la mano hacia el pie—. Éste es mi zapato, ¿verdad?
—No, no lo es. Ése es el pie. El zapato está ahí.
—¡Ah! Creí que era el pie.

¿Bromeaba? ¿Estaba loco? ¿Estaba ciego? Si aquél era uno de sus «extraños errores», era el error más extraño con que yo me había tropezado en mi vida.

Le ayudé a ponerse el zapato (el pie), para evitar más complicaciones. Él, por otra parte, estaba muy tranquilo, indiferente, hasta parecía haberle hecho gracia el incidente. Seguí con el examen. Tenía muy buena vista: veía perfectamente un alfiler puesto en el suelo, aunque a veces no lo localizaba si quedaba a su izquierda.

En esta historia lo que vemos es un caso de prosopagnosia, pero es una de las enfermedades en las que mejor podemos ver reflejada la anosognosia. El señor P. tenía claros problemas con su visión, independientemente de que se tratara un daño en las zonas visuales del cerebro, algo hacía que no viera bien. Si cualquiera de nosotros confundiera a los niños de la calle con las bocas de incendio, probablemente se daría cuenta de que algo no nos funciona bien en la azotea … pero ¿por qué el señor P. no se daba cuenta? Si os fijáis él le quitaba importancia y decía que eran exageraciones de los demás.

La anosognosia se da entre un 10% y un 18% en casos de hemiplegia o hemiparesis tras los infartos cerebrales, pero también puede pasar ante otro tipo de trastornos como los trastornos psicóticos o del estado de ánimo,  los Alzheimer y los afásicos.

Los estudios encuentran que no parece estar directamente relacionada con pérdidas sensoriales, sino que parece estar causada por algún daño más profundo a nivel frontal, de manera que se estropeen los sistemas encargados de integrar y procesar toda la información sensorial para combinarse con esos procesos que conforman las representaciones espaciales de nuestro cuerpo. Las investifaciones actuales señalan que es posible que ante un daño cerebral, nuestro yo (entendido como la conciencia de nosotros mismo) queda escindido y no le es posible integrar la información referente a la lesión como parte de nosotros, de manera que queda sin procesar y es como si no existiera.

Para ilustrar la anosognosia vamos a ver dos videos. El primero está en inglés, pero aunque haya alguien que no lo entienda no pasa nada, porque lo importante es escuchar cómo dice las cosas. Si os fijáis en el discurso de esta señora, veréis que repite palabras sin parar, a mucha velocidad y que no tienen sentido. Sufre de Afasia de Wenicke y en este tipo de afasia (de la que hablaremos en otra entrada) la persona comprende a los demás, pero a la hora de hablar es donde encuentra problema. A grosso modo, lo que les pasa es que sueltan un discurso absolutamente incomprensible para los demás, pero ellos no se dan cuenta porque ellos producen un discurso con sentido como si fueran a hablar normal, pero algo está estropeado en el cerebro y hace que salgan cosas sin sentido. Las personas con esta afasia sufren anosognosia y no se dan cuenta de que los demás no los están entendiendo.

En este segundo video vemos a otro paciente con la misma afasia, pero esta vez en castellano

Si os ha parecido interesante esta entrada, os recomiendo encarecidamente (creo que es la décima vez que lo hago) que consigáis el libro de Oliver Sacks, es muy interesante, está muy bien contado y vais a encontrar muchas historias muy curiosas.

Sacks, O. (2004). El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Anagrama.

Cada día escuchamos unas cuantas anécdotas por parte distintas personas que nos vamos encontrando por ahí. Nuestra reacción común es escuchar y no dudar de los testimonios que nos están contando. Sin embargo, en muchas ocasiones vemos que esas historias comienzan a tener lagunas y surjan las incongruencias. Hay personas que cuentan historietas de grandes éxitos, y que a la hora de la verdad muestran su inexactitud y comenzamos a ver que puede que no sean del todo ciertas… como el típico chico que contaba que se había echado una novia espectacular en el pueblo, a la cual nadie iba a conocer jamás.

Hoy vamos a hablar de un incipiente trastorno mental que aún no aparece recogido en los principales manuales diagnósticos, pero que se está alzando como una condición muy común en nuestros días, hablamos de la mitomanía.

La mitomanía es una tendencia patológica a mentir como medio de protegerse de una realidad que no les es agradable. Algunas personas lo utilizan para mejorar su autoimagen y así disminuir el malestar que les provoca su baja autoestima. Son egoístas y narcisistas, sin control de impulsos y tendentes al abuso en general (medicamentos, drogas, alcohol, juego…etc.)

El mitómano sabe que miente, y habitualmente sus historias comienzan siendo un intento de llamar la atención. Sin embargo, a medida que repite una y otra vez la narración comienza a creérsela, y llega un momento en el que la realidad queda tan distorsionada, que no es capaz de distinguir sus invenciones de lo que realmente ocurrió, a pesar de todas las pruebas que muestran la falsedad de su testimonio. A menudo recurre a la mentira sin pensar en las consecuencias, pues lo único que pretende es conseguir unos objetivos determinados, como obtener alabanzas y cumplidos, o cuidados especiales por simular una situación penosa socialmente, como por ejemplo inventar que perdió a un amigo o que una novia le dejó y se siente muy desdichado.

Seguro que alguno está pensando cómo es posible que no nos demos cuenta de que están mintiendo. Es sencillo, es difícil identificar estas mentiras porque a menudo están mezcladas con retazos de realidad, y son sobre acontecimientos perfectamente factibles. Por ejemplo, un psicótico podría inventar historias como que un presidente le llamó por teléfono para preguntarle qué tal el día. Ante esta historia la reacción normal es dudar de su veracidad, por las pocas posibilidades reales de que esto suceda. Sin embargo, un mitómano podría inventar que un profesor o un jefe alabó su buen hacer, o que estableció una relación sentimental con alguien.

Es importante establecer también una diferenciación con los mentirosos, y es que mientras éstos inventan historias para protegerse o para obtener beneficios directos, los mitómanos lo hacen compulsivamente, tratando de obtener un favor pero no tan inmediato como los anteriores, sino que tiene un objetivo más de autoconvencerse para mejorar partes de sí que no les gustan.

Aunque así contado parece no ser una problemática tan grave como otras de las que contamos aquí, hay que tener en cuenta todas las implicaciones a nivel social que conlleva este nuevo trastorno. Dado que la persona miente o exagera para obtener prestigio social y acaba creyendo su propia fabulación, comienza a llevar a cabo comportamientos de riesgo en relación a esta historia. Imaginemos un sujeto que crea una mentira sobre su historia de superación porque logró salir del mundo de las drogas. Con esta idea, gana prestigio social en el sentido en que todos sus logros tienen un plus de beneficio, pues ha conseguido superar la adversidad y aún con todo lo que tiene detrás, ha logrado reinsertarse y llegar a conseguir lo mismo que las personas sin problemas. El fallo de esto, es que puede basar su conducta actual en base a esa mentira, que en principio sólo buscaba los halagos de los demás. Si en un momento dado sus contactos cesan las alabanzas, es probable que tenga que recurrir a magnificar el problema para seguir garantizándose el apoyo, y puede inventar historias que impliquen recaídas o problemas con personas peligrosas, lo que puede derivar en que se autolesionen para dar credibilidad a sus testimonios. Llega un momento en que la mentira crece tanto que sólo puede ir a más, y cuando se dan cuenta no hay vuelta atrás.

A nivel social también tiene graves implicaciones, pues en un principio las mentiras tienen un carácter omnipotente y el sujeto piensa que todos van a creerle, pero cuand ose pasa a una segunda fase en al que aparecen las contradicciones, el sujeto va siendo restringido por las actividades de su círuclo. Cuando el contexto se da cuenta de estas mentiras deja de interesarte por toda la problemática, lo que agrava el comportamiento de llamar la atención del mitómano que comienza a relacionarse con otros sujetos que muestran un nivel evolutivo y comportamental más bajo, que deriva en la asunción de conductas de riesgo. La pérdida de credibilidad y el desinterés, hacen que sufra enormemente y que se sienta incomprendido. Como veis, se forma una especie de bucle en el que cuanta menos atención se le presta, más trata de llamar la atención… con lo que resulta especialmente complicado enfrentarse al sujeto y hacerle ver que tiene un problema.

La mitomanía afecta aproximadamente a 1 de cada 1000 jóvenes aproximadamente, y se reparte igual entre los dos sexos. Como vemos, es un trastorno muy incipiente y esto hace que aún no se contemple en los principales manuales de diagnóstico como el DSM o la CIE-10. No hay muchos datos, pero los primeros estudios muestran no hay pruebas para decir que se trate de algo heredado, sino que tiene más bien características de aprendizaje. Cuando se da entre los 5 y los 7 años, las mentiras se caracterizan por fabulaciones, y los niños pueden decir que hay monstruos en el cuarto o que han visto a gente merodear desde su ventana. En la entrada anterior vimos el TAS y ahí también veíamos esta característica, los niños mentían para que los padres no se separaran de ellos, y justamente por este motivo la mitomanía ha ido quedándose relegada a un segundo plano: se confundía con otros trastornos. Sin embargo, se ha ido viendo que las fantasias de los mitómanos van evolucionando y se encuadran en distintos grupos:

- Ligadas a la fantasía, donde estarían aquellas relacionadas con personajes o mostruos (normativa)

- Mentiras compensatorias, que son el reflejo de una carancia emocional. Por ejemplo, a falta de buenos resultados en el ámbito académico, inventaría que los maestros alaban sus intervenciones, dice obtener malos resultados por culpa de otros o inventan historias para dar más valor a sus logros: minusvalías, problemas familiares…etc.

- Mentiras utilitarias, serían las que buscan obtener algo. Pueden ser evitar un castigo o no asumir responsabilidades, por ejemplo cuando se justifica el mal resultado de un proyecto por la incompetencia del evaluador, o inventar que se estuvo en el hospital con un familiar muy grave para justificar no haber acudido al trabajo

La trabajadora social Ana Simó, señala que existen distintas causas que pueden derivar en la mitomanía, entre las que destacan:

(1) Trastorno de personalidad hipertímico: Las personas que sufren este trastorno tienen un estado de ánimo persistentemente elevado, son superficiales y frívolas. Por conseguir sus objetivos son capaces de ignorar las consecuencias de sus actos y no son capaces de ponerse en el lugar de los demás, con lo que mentir no les supone ninguna complicación.

(2) Necesidad patológica de atención y admiración de los demás.

(3) Baja autoestima: Necesitan ser valoradas por los demás, y para garantizar ser buenos en algo que consideran no poder lograr por sus propios méritos tienen la tendencia a inventar historias en las que son valorados por conductas que consideran valiosas. Tratan de quedar por encima de los demás en un intento de demostrar que son buenos y que tienen características positivas que los demás no.


Para saber más:

  • http://en.wikipedia.org/wiki/Pseudologia_fantastica
  • http://www.rightdiagnosis.com/m/mythomania/intro.htm

Cada año, cuando llega septiembre vemos esta escena en todos los colegios del país: niños llorando porque llega su primer día de cole. Esto no es nada nuevo, y si echamos la vista atrás, probablemente más de uno pueda acordarse de las pataletas que montaba si sus padres le dejaban solo en casa de los abuelos, en el colegio o en el comedor. El miedo a la separación es algo adaptativo y común a casi todas las especies, porque si no sintiéramos ansiedad al vernos solos e indefensos… podríamos acabar siendo una buena merienda para algún depredador. Pero entonces, si esto es algo normal ¿qué hacemos hablando de ello aquí?

Pues como todo en esta vida, es normal en su justa medida. Sin embargo, algunos niños muestran una reacción excesiva ante la mera idea de quedarse solos y esto puede afectar gravemente a su desarrollo y a la relación con el principal cuidador. Hoy vamos a ver el llamado Trastorno de ansiedad por separación.

Este trastorno se ubica dentro de los trastornos de inicio en la infancia, y se caracteriza por una excesiva preocupación por alejarse de las personas a las que está vinculado o separarse del hogar. Como hemos dicho, es normal que los niños pequeños sufran miedo a separarse de sus padres, pues evolutivamente muchos aún no son conscientes de la noción de permanencia del objeto, y piensan que cuando algo se va… ya no volverá.  La mayoría de nosotros aprende a través de la experiencia que cuando alguien se va, vuelve pasado un rato y así, la marcha no nos provoca ansiedad.

En el trastorno de ansiedad por separación (TAS) se da una ansiedad excesiva e inapropiada para el nivel de desarrollo del sujeto (que generalmente es un niño o adolescente).  Su principal característica es la ansiedad anticipatoria y es que sorprende mucho ver las ideas que pueden tener estos niños. Por ejemplo, en uno de los casos que leí hace poco, una niña pequeña estaba totalmente aterrada de salir de casa para ir al colegio porque estaba convencida de que “Si me voy a casa, mi mamá se convertirá en esqueleto” o que “Cuando me dejen en el cole puede que algo los mate, y yo no los puedo proteger si no estoy con ellos”. 

Estos miedos se manifiestan de distinto modo en función de la edad del sujeto, niños preescolares pueden no ser capaces de definir sus miedos de manera específica pero muestran ansiedad y malestar. Los niños en edad escolar, pueden expresar sus miedos como hemos visto hace un momentito, y los adolescentes, sobre todo los chicos, pueden no manifestar la ansiedad por la separación en los mismos términos que los más pequeños, pero la manifiestan de una forma más encubiera, por ejemplo, negándose a salir por ahí o acompañando en todas las circunstancias a sus padres. Los adultos también pueden manifestar TAS , y puede verse reflejada como una excesiva preocupación por sus cónyuges e hijos, al tiempo que experimentan un notable malestar al separarse de ellos; otros pueden incluso ver limitada su capacidad para cambiar de domicilio o casarse. Sin embargo, es importante que os diga que el TAS es muy raro en adultos, a no ser que lo lleven arrastrando desde antes de los 18 (y aún así no es muy común), lo más habitual es que se diagnostique otro trastorno que explique mejor su comportamiento dependiente (un trastorno de personalidad límite, una fobia social, agorafobia…etc.)

Los niños pueden presentar miedos a animales, monstruos, la oscuridad, fantasmas, ladrones, secuestradores, accidentes de coche, viajes en avión y otras situaciones que son percibidas como peligrosas para la integridad de la familia o de sí mismos. Son frecuentes las preocupaciones acerca de la muerte y el morir; y cuando están solos, especialmente por la noche, los niños pequeños pueden explicar experiencias perceptivas insólitas como ver personas que se asoman a la habitación, criaturas monstruosas que intentan cogerlos, ojos que les miran fijamente o cualquier otra cosa que pueda hacerles daño para que vayan a vigilarle. Pueden quejarse de que nadie les quiere o de que nadie les cuida y hasta decir que desearían estar muertos. Cuando están muy alterados ante la idea de una separación pueden mostrarse muy enfadados y, así llegar a agredir a la persona que consideran que están forzando la separación que tanto temen, por lo que se pueden comportar de forma exigente y requiriendo atención constante.

El TAS puede iniciarse antes de los 6 años, pero también en cualquier momento antes de los 18, aunque es raro que se de durante la adolescencia, y es más frecuente en chicas que en chicos.  Puede aparecer ante algún evento estresante como por ejemplo la hospitalización, sobre todo si ha sufrido intervenciones dolorosas o no tenía a la familia cerca. La escuela también puede ser un acontecimiento traumático porque implica una separación de la familia, y por supuesto no podemos olvidar eventos como la separación o divorcio de los padres, o incluso la muerte de alguno de ellos.

Y ahora nos preguntamos cómo es posible que haya personas que no lleguen a acostumbrarse nunca a la separación, y haya otras que se desarrollen sin problemas. Las explicaciones teóricas nos apuntan a distintos frentes: factores genéticos,  relaciones de vinculación y apego, los estilos educativos con los que nos criamos y nuestra forma de procesar la información del medio.

Desde la biología se nos dice que existen personas más vulnerables que otras a la ansiedad. Factores genéticos hacen que su predisposición sea mayor, y que ante la influencia de determinados factores ambientales, tengan más posibilidades de desarrollar ansiedad que otros. Si además de ser más susceptible que otros, tengo la mala suerte de haberme criado en un entorno en el que mi principal figura de vinculación no se muestra estable, forjaré mi opinión del mundo y de las relaciones a partir de mi propia experiencia. Una madre o un padre que muestran un comportamiento desorganizado, y tan pronto están absolutamente disponibles para el niño, como se cierran en sí mismos y no le ofrecen ninguan atención, hacen que el niño no sepa a qué atenerse ni qué esperar de las personas que le rodean. Además, en estas relaciones es común que la principal figura de apego tenga la necesidad de ser especialmente protectora con el niño, de modo que le advierte de todos los posibles peligros que le acechan, y le crea una sensación de inseguridad y baja autoeficacia. Esto va a hacer que cuando se encuentre con algún estímulo similar del que su cuidador advertía, se disparen los mecanismos de ansiedad y comience a interpretar la situación de un modo erróneo. Convencido de estas cogniciones negativas sobre los demás y sus intenciones, es normal pensar que tengan miedo de separarse de los padres por si les pasa algo en su ausencia.

Ahora vamos a ver un caso clínico, y después voy a poneros los criterios de DSM-IV, y así vamos a ver si los cumple para poder diagnosticar este trastorno.

María es una niña de 5 años y 6 mese que fue enviada a evaluación por prescripción de su pediatra. A pesar de ser una niña aparentemente normal y charlatana en casa, siempre había sido tímida y reticente en contextos de grupos más amplios [...] Su madre la trajo a la clínica porque desde hacía 6 meses, la situación era desbordante.

En cuanto a su contexto, María tenía una familia normal. Su padre era ingeniero y su madre ama de casa. Antes de nacer María, sus padres habían intentado tener niños, pero siempre acababan sufriendo abortos, por lo que el nacimiento de María fue un milagro para la familia. Su madre sufrió una depresión derivada de estos acontecimientos, pero fue tratada con Prozac y mejoró sustancialmente. A los 42 años, consideraron que eran demasiado mayores como para afrontar el riesgo de un nuevo embarazo, y abandonaron la idea.

En el nacimiento María fue normal, pero durante los primeros días surgieron complicaciones como un taponamiento de las vías nasales que derivaron en una intervención quirúrgica. Su madre sufrió ataques de ansiedad por la delicada situación de su única hija.

Durante los primeros años, María sufrió crisis de ansiedad, cólicos y vómitos, que según el doctor eran manifestación de un sistema digestivo sensible e inmaduro. A partir de este momento, la niña se vuelve quisquillosa con la comida, y apenas realiza las comidas estipuladas. Su desarrollo cognitivo fue normal.

Su madre se describe como reservada, pero tiene una muy buena amiga que tiene una hija de la edad de María. Pasaban mucho tiempo juntas, pero [...] por motivos de trabajo, tuvieron que mudarse de la ciudad. Para que María no echara en falta a su única amiga, la madre optó por inscribirla en la ludoteca por las mañanas. Sin embargo, cuando fue a dejarla, María tuvo un fuerte berrinche, agarrada a la pierna de su madre se agarró a su pierna sin poder contenerse [...], cuando parecía que pasaba y su madre trató de alejarse de nuevo, María empezó a llorar con más intensidad, esta vez acompañado de chillidos y pidiendo que su madre no se fuese. La directora le aconsejó que no cediese, y le recomendó que la dejara sola y que ya se le pasaría, pero cuando volvió pasadas tres horas, María la miró emocionalmente agotaba, como si estuviese apagada. Estaba jugando sola en una esquina y meciendo su muñeca, al tiempo que tenía los ojos rojos e hinchados de llorar. La directora le contó que no había pasado en todo el rato.

Por la noche, se negó a dormir sola, y de no ser por la insistencia del padre, no habría dejado a la madre irse del cuarto. Por la noche, María comenzó a gritar, y su madre tuvo que acudir en varias ocasiones para calmarla, porque estaba teniendo una pesadilla en la que su madre se había marchado. Para reducir su miedo, la madre empezó a dejar la luz de la habitación encendida por las noches.

A la semana siguiente, cuando estaban preparando las cosas para ir a la ludoteca, María empezó a llorar y a quejarse de que le dolía el estómago al tiempo que se lo presionaba. Su madre estaba segura de que estaba mintiendo para quedarse en casa, así que la metió de todos modos en el coche mientras ésta gritaba y pataleaba. Durante los siguientes 3 meses el ritual se repitió, pero acabó sentándose junto a la ventana mientras se quejaba para ver cuándo volvía su madre.

Una nueva familia se trasladó a la casa de su amiga, y daba la casualidad de que tenían una niña de la misma edad que María, y la madre la invitó a merendar varios días. María y la nueva niña decidieron que una noche irían a dormir juntas a su casa. María comenzó a sentirse ansiosa una hora antes de marchar a la casa de la niña y comenzó a hacer preguntas a su madre sobre lo que haría en su ausencia. Su madre le dijo que iría a toamr un baño y se iría a dormir, y María comenzó a preocuparse con la idea de que su madre pudiera resbalarse en la bañera y que si ella no estaba en casa, moriría ahogada [...]

Cuando empezó la escuela no participaba en ninguna actividad [...]. Pasaron 4 meses y no había dicho ni una sola palabra.

Este ha sido nuestro caso a grandes rasgos, ahora vamos a ver los criterios y vamos a ver si los identificamos.

Criterios para el diagnóstico de trastorno de Ansiedad por separación (309.21)

A. Ansiedad excesiva e inapropiada para el nivel de desarrollo del sujeto, concerniente a su separación respecto del hogar o de las personas con quienes está vinculado, puesta de manifiesto por tres (o más) de las siguientes circunstancias:

(1)   malestar excesivo recurrente cuando ocurre o se anticipa una separación respecto del hogar o de las principales figuras vinculadas

(2)   preocupación excesiva y persistente por la posible pérdida de las principales figuras vinculadas o a que éstas sufran un posible daño

(3)   preocupación excesiva y persistente por la posibilidad de que un acontecimiento adverso dé lugar a la separación de una figura vinculada importante (p. ej., extraviarse o ser secuestrado)

(4)   resistencia o negativa persistente a ir a la escuela o a cualquier otro sitio por miedo a la separación

(5) Resistencia o miedo persistente o excesivo a estar en casa solo o sin las principales figuras vinculadas, o sin adultos significativos en otros lugares

(6)   negativa o resistencia persistente a ir a dormir sin tener cerca una figura vinculada importante o a ir a dormir fuera de casa

(7)   pesadillas repetidas con temática de separación

(8)   quejas repetidas de síntomas físicos (como cefaleas, dolores abdominales, náuseas o vómitos) cuando ocurre o se anticipa la separación respecto de figuras importantes de vinculación

Como vemos, María cumple casi todos los síntomas del criterio A. Cuando llegaba la hora antes de ir a la ludoteca, comenzaba a manifestar las quejas somáticas, simplemente imaginando que se iba a separar de su madre. También muestra una preocupación excesiva por si le sucede algo a su madre, como por ejemplo ahogarse en la bañera. No quiere irse a casa de las amigas, a la ludoteca o al colegio por no dejarla sola. También manifiesta problemas de sueño como pesadillas.

B. La duración del trastorno es de por lo menos 4 semanas. (aquí lleva unos 6 meses)

C. El inicio se produce antes de los 18 años de edad.

D. La alteración provoca malestar clínicamente significativo o deterioro social, académico (laboral) o de otras áreas importantes de la actividad del individuo.

E. La alteración no ocurre exclusivamente en el transcurso de un trastorno generalizado del desarrollo, esquizofrenia u otro trastorno post-psicótico, y en adolescentes y adultos no se explica mejor por la presencia de un trastorno de angustia con agorafobia.

Vemos que la niña cumple todos los criterios de TAS, de modo que podríamos llevar a cabo el diagnóstico con bastante seguridad. Si analizamos la historia, vemos además la existencia de una serie de factores predisponentes y de mantenimiento que pueden estar influyendo en la aparición del trastorno. Como dijimos antes, el estilo educativo puede influir en la sensación que tenga el niño en relación a su cuidador, y si nos fijamos en el caso de María, vemos que la actitud de su madre puede estar teniendo mucho peso en sus conductas. En la historia se nos dice que  antes de nacer María hubo varios abortos, y además al nacer fue una niña con problemas de salud. Es esperable que su madre tenga la necesidad de mostrarse protectora con ella, de manera que su ansiedad ante los problemas de María, parece haberse pasado a la niña, que se muestra especialmente temerosa. La protección que desprende hacia ella, hace que la niña pueda tener miedo de que realmente suceda algo, y a su vez muestre el mismo temor que su madre. Esta conducta de sobreprotección crea una especie de bucle, y hace que cada vez una sea más dependiente de la otra. También podemos hipotetizar la influencia de las variables biológicas, que como decíamos también pueden hacer que algunas personas sean más vulnerables que otras, y como hemos podido apreciar, María tenía la influencia de la personalidad nerviosa de su madre.

Ahora que conoceis bien este trastorno, podéis encontrar vosotros mismos las influencias en el caso de María y lanzar vuestras propias hipótesis.

 

 

 


¿Alguna vez os habéis preguntado cómo funciona la vista? Como es una de esas cosas que hacemos todos los días sin esfuerzo, pues no solemos plantearnos qué habrá ahí detrás para que la cosa funcione. Desde que nos levantamos y abrimos los ojos (incluso cuando soñamos estamos “viendo”) estamos todo el día viendo objetos, personas, colores…etc. y no sólo los percibimos, sino que además sabemos cómo se llaman, para qué sirven e incluso llegan a provocar una emoción determinada. Está claro que algo debe haber por ahí dentro que funciona como en cadena…pero ¿qué es?. Pues en la entrada de hoy vamos a hablar de la visión y su procesamiento neuronal para despejar todas estas preguntas. Como es un tema muy complejo, esta entrada va a estar dividida en varias partes. Hoy vamos a centrarnos en los aspectos fundamentales desde que la luz entra en nuestros ojos.

Antes de nada hay que aclarar que el proceso de visión no es tan simple como nos habían explicado en un principio. Si bien es cierto que se inicia así, la idea no sería tanto como esto:

Sino más bien como esta otra imagen. Como podéis ver, lo que se capta en cada ojo se envía por distintas vías a una serie de núcleos en los que va a ir haciendo relevo. En cada estación de paso, la información captada va a dejar parte de si misma, y va a tomar otras informaciones. Por ejemplo en el tálamo se unirá con otras informaciones sensoriales, en áreas visuales se puede unir a información semántica, también establece conexiones con áreas que se encargarán de dotar a esa imagen captada de un significado emocional (por ejemplo no es lo mismo mirar a una pared que no nos dice nada, que mirar a una persona significativa). Es un proceso muy complejo en el que intervienen muchas partes del cerebro, por lo que es importante delimitar bien la función de cada una, y conocer qué pasa si alguna de ellas falla. Una vez que la información recorre todo este camino, es cuando la experiencia visual se hace consciente y la imagen adquiere un significado, somos capaces de nombrar lo que vemos, e incluso de decir para qué sirve. Quiero que os paréis un segundo a pensar, y os fijeis en lo rápido e inconsciente que es este proceso. Ahora mismo estáis mirando la pantalla del ordenador, estáis viendo letras y estáis siendo capaces de juntar las letras, darles un significado y entender lo que os estoy contando. No os estáis dando cuenta de que estáis haciendo todo esto, pero aún así sucede. Sin que nos enteremos ¿Cómo es esto posible?

Lo primero y más importante en el proceso visual es la luz. De acuerdo, esto es una cosa muy obvia… pero ¿Por qué es importante la luz para nosotros si hay animales que ven bien a oscuras?. Todos apagamos las luces por la noche, dejando nuestro cuarto a oscuras (iluminado sólo por la luz de la ventana, por ejemplo) y al principio no vemos ni torta. Ahora bien, si después de un rato nos fijamos bien… somos capaces de distinguir con bastante acierto lo que hay a nuestro alrededor, aunque sea en una escala de grises y no con tanto detalle. El hecho de que desaparezcan los colores y los detalles de lo debemos a nuestros receptores visuales: los conos y los bastones.

Los conos se encargan de captar los detalles finos y de extraer la información que nos permite ver los colores. Los bastones por contra, son bastante más brutos y lo que nos permiten es ver las formas en general. Cuando hay luz se activan los primeros, pero cuando las condiciones lumínicas son pobres… se activan los segundos, que además son mucho más efectivos cuando llevan un rato trabajando (y dentro de un poco vamos a ver el motivo de esto). Como vemos, estos receptores se diferencian en muchas más cosas que la forma, por ejemplo en su distribución. En la retina tenemos una zona llamada fóvea que sólo tiene conos (recordad que se encargaban de los detalles) y se encuentra en todo el centro de la línea visual. Esto quiere decir que cuando miramos un objeto, éste cae directamente sobre la fóvea. Hay por los menos 5 millones de conos en cada retina, por lo que tienen que ser muy enanos (de hecho, Goldstein nos dice que en esta ‘o’ caben hasta 50.000 conos) y casi todos se ubican en la zona de la fóvea. Hay muchísimos más bastones (unos 120 millones) pero se encuentran en la periferia.

Hay una zona de nuestro ojo que no tiene ni un solo receptor, y es el agujero al fondo de la retina que contiene el nervio óptico. Lo llamamos punto ciego, justamente porque no tiene ningún receptor y no nos sirve para ver. Un momento, un momento… si tengo un agujero negro en mi ojo, entonces ¿cómo es posible que no vaya por ahí viendo puntos negros? Pues porque nuestros ojos tienen un ligero desfase uno frente al otro, lo que permite que al superponer las dos imágenes ese punto negro quede cubierto. Pero ahora os voy a enseñar una cosa muy chula para que os encontréis el punto ciego:

Lo que tenemos que hacer es muy fácil. Primero tenemos que fijar la vista en la cruz de la izquierda y a continuación nos tapamos el ojo izquierdo (sin dejar de mirar a la cruz). Ahora os vais alejando lentamente de la pantalla sin apartar la vista de la cruz, y llegará un momento en el que el círculo de la izquierda desaparezca, y si seguimos alejándonos volverá a aparecer. La figura desaparece porque cae justo en nuestro punto ciego, y al taparnos uno de los ojos impedimos que se produzca ese efecto de compensación que nos permite ir tapando esos “vacíos” de visión. Además de esto, los estudiosos postulan que nuestro cerebro tiene un mecanismo que le permite llenar huecos.

Ahora que sabemos esto, vamos a volver con la luz. Nuestro sistema visual está basado en la luz visible que es una proporción de energía que se incluye en el espectro electromagnético y se irradia en forma de ondas. Nuestra luz incluye longitudes de onda entre los 400 y los 700 nanómetros, lo que nos permite ver los colores que aparecen en la figura que tenemos aquí al lado: del rojo al violeta.

Detectar el color es una cosa muy curiosa que tenemos que agradecerle a la evolución, porque distinguir unos objetos sobre otros porque su color destaque más… puede haberle salvado el día a más de uno. Por ejemplo, nuestros antepasados podían pasarse un día entero buscando frutos si veían todo en grises… pero si de pronto soy capaz de distinguir una fruta roja sobre un fondo verde, pues ya no tendré tanto problema a la hora de buscar alimento. De hecho, esta teoría es la que proponen muchos investigadores para explicar el motivo por el que surgió nuestra percepción del color.

Que veamos los objetos de un color o de otro, depende básicamente de la cantidad de luz que se refleja desde ellos. Así, las longitudes de onda entre 450 y 490 nm se verán azules, y las que estén entre 590 y 620 nm se verán naranjas. Para analizar las longitudes de onda reflejadas, usamos una cosa que se llama curva de reflectancia, que no es más que una representación gráfica del porcentaje de luz reflejado por un objeto en función de su longitud de onda. En esta gráfica vemos que cuando la luz se refleja de forma plana se ven blancos, grises o negros (colores acromáticos), pero cuando una longitud de onda se refleja más que otra surgen los colores cromáticos (esto se llama reflexión selectiva).

Nosotros podemos percibir ¡hasta 200 colores! (o al menos, eso dicen desde el laboratorio) y todo esto a través de la combinación de los colores básicos: rojo, amarillo, verde y azul. Si vamos jugando con la longitud de onda, la intensidad del color y la saturación, podemos conseguir muchísimos más colores, como por ejemplo los 1225 que parecen en el Sistema Pantone (son esas fichas con colores que os enseñan cuando vais a comprar pintura, por ejemplo).

Bueno, ahora que somos expertos en la percepción cromática, vamos a volver al sistema visual (desde ahora SV). Nuestro SV está formado principalmente por tres estructuras: el ojo, el núcleo geniculado lateral del tálamo y el cortex estriado (que es el área visual y se llama así porque tiene un montón de estrías blancas).

Cuando la luz entra en nuestros ojos, atraviesa primero dos estructuras: el cristalino y la córnea, que nuestros “enfocadores” y proyectan la imagen percibida en la retina, haciendo que la luz estimule a nuestros conos y bastones. Estos receptores tienen unas sustancias químicas (los pigmentos) que reaccionan a la luz y generan señales eléctricas. La transducción de la luz en electricidad se produce en los segmentos de los receptores. Dentro de los segmentos podeis ver que hay una especie de discos, que son los que contienen en sus moléculas las proteínas opsina y retinal (que es sensible a la luz). Cuando la retinal se une a la opsina,  ésta reacciona a la luz absorbiendo un fotón de luz, lo que provoca que la retinal cambie su forma en un proceso que se llama isomerización (que es básicamente cuando una molécula se transforma en otra con los mismos átomos pero organizados de otra forma). La isomerización de una sola molécula de pigmento visual provoca una reacción química muy grande, que llamamos cascada de enzimas (porque se activan un montón de ellas, como si fuera una especie de dominó).

Hemos visto como cuando cae la luz sobre los receptores, las moléculas se unían y la retinal cambiaba de forma. Al cambiar se separa de la molécula grande de opsina y hace que la retina adquiera una coloración más clara en un proceso que se llama decoloración del pigmento… pero antes de poder repetir este proceso, las dos moléculas tendrán que volver a unirse ¿Cómo sucede esto? Pues este proceso se produce en la oscuridad, y explica otro de los fenómenos visuales que a mi me parecen más curiosos: distinguir los objetos en la oscuridad.

Esto nos ha pasado a todos: Vas a acostarte con las luces apagadas y…¡golpe en el pie con la pata de la cama! Claro, no ves nada porque está muy oscuro. Ahora bien, si nos acostamos y estamos un rato a oscuras… pero por lo que sea abrimos los ojos, somos capaces de ver muy bien en la oscuridad. Como ya sabemos no podemos ver los colores porque nuestros conos están out, pero si que distinguimos las formas perfectamente y apreciamos una escala de grises bastante digna. ¿Qué ha pasado durante este rato que me hace ver la pata de la cama con la que me di antes? Pues justamente este proceso de regeneración del pigmento. William Rushton descubrió que es en la oscuridad donde se regeneran esos pigmentos de los que hemos hablado antes, que los conos tardan seis minutos en regenerarse por completo y que los bastones lo hacen en media hora. Así se explica que se necesiten al menos 15 minutos para poder distinguir los objetos que no veíamos cuando entramos en la habitación.

Una vez que tenemos las señales eléctricas, éstas van a viajar a través de una serie de capas formadas por distintas células: las amacrinas, las bipolares, las horizontales y las ganglionares (Todo este rollo técnico queda muy bien reflejado en este dibujo que os pongo) Como veis tienen que pasar un montón de capas antes de llegar a su objetivo.

Estas capas son importantes porque influyen en gran medida en la percepción diferencial de los receptores. Como vimos, los conos son muchísimo más precisos que los bastones, y esto se explica por la tasa de convergencia con las distintas células. Los conos tienen una especie de línea privada con las células, algo así como que un cono se comunica directamente con una ganglionar; mientras que el bastón lo hace en grupo y comunican 10 bastones a una ganglionar.

Una vez que pasan todas estas capas, la señal eléctrica se va del ojo por un huequecito que hay al fondo de la retina que contiene el nervio óptico y a través de él se llega hasta el núcleo geniculado lateral.

Ahora vamos a dar un salto y vamos a comenzar con el proceso visual. Un fenómeno muy importante cuando hablamos de la conexión entre neuronas es la inhibición lateral. El área de la sensación está formada por dos partes: un área de excitación y un área de inhibición. Que esté separada así nos es útil porque permite una localización más precisa del punto dónde se produce la estimulación (imaginadlo como un círculo pequeño rodeado por otro más grande, el primero sería la excitación y el otro la inhibición). Teniendo en cuenta que los receptores forman un entramado enorme, imaginamos cómo se van superponiendo zonas de excitación e inhibición. Así, se vio que en la visión el estimular lumínicamente a un único receptor A producía una respuesta muy grande (porque estaban estimulando sólo su área de excitación). Ahora bien, cuando se estimulaba un área más grande que contenía un receptor A y un receptor B, la respuesta se iba dividiendo y no era tan intensa, y cuando estimulaban ambos pero se centraban más en B, las respuestas inhibitorias eran más poderosas y la respuesta era mucho menor. Este fenómeno que es un poco lioso es muy importante para explicar la percepción visual, y vamos a ejemplificarlo con la famosa Cuadrícula de Hermann. Esta cuadrícula muesta un efecto muy curioso, y es que ahora mismo estaréis viendo un montón de puntitos negros en las intersecciones, pero en el momento en que fijeis la vista en un punto concreto se volverá blanco, y serán los de alrededor los que sean negros. Cada vez que fijemos la vista en un punto, este cambiará por el efecto de la inhibición lateral.


En esta cuadrícula el receptor A cae entre dos cuadros, donde percibimos el punto gris. Cada receptor envía la información a las células vecinas y éstas provocan la inhibición lateral. La bipolar A recibe más inhibición lateral que la B, y por tanto dispara menos. Esa tasa menor de disparo se traduce en esos puntos grises/negros que vemos.

En este punto hemos visto como la luz ha entrado en nuestro ojo, ha estimulado nuestros receptores y éstos han transformado la luz en señales eléctrica que nuestro cerebro puede leer. El siguiente paso es que llegue a nuestro núcleo geniculado lateral, que es donde la información se va a organizar y relacionar con otros sistemas, pues el tálamo es la estación de paso de toda la información sensorial.

Hasta aquí la entrada de hoy. La próxima vez vamos a hablar de todo lo que le pasa a la información visual desde que llega al NLG hasta que se dirige a las áreas visuales del cerebro, donde nos volvemos conscientes de lo que estamos viendo.

¿Cuántos hemos escuchado o incluso utilizado esta expresión? Quien habla de chinos puede hablar de cualquier otra raza ajena a la nuestra, y quizá muchos os habréis preguntado si a ellos les parece que todos nosotros también somos iguales. Posiblemente pensemos que esto sólo nos pasa a nosotros, pero la ciencia experimental nos ha demostrado que este es un fenómeno bastante extendido, y que puede llegar a tener implicaciones muy importantes para otras disciplinas, como las ciencias criminológicas (credibilidad de los testigos, ruedas de reconocimiento…etc), que son de las que hablaremos en esta entrada.

Esta idea es lo que, como bien sabréis a estas alturas, llamamos sesgo (para los que no han hecho los deberes, lo recordaremos: Un sesgo cognitivo es una percepción de la realidad que se ve influida por distintas variables como las creencias, las expectativas o la experiencia), y consiste básicamente en la tendencia a que nos sea complicado diferenciar tanto los rasgos como las expresiones emocionales de una raza o grupo étnico distinto al nuestro.Imaginemos que somos personas caucásicas y que somos testigos de un delito cometido por un hombre de raza negra. Debido a este sesgo, cuando en la rueda de identificación nos pongan a ocho personas prácticamente iguales físicamente, tendremos muchos problemas para identificar cuál de ellos fue el que vimos. Si bien en nuestra vida cotidiana este efecto no es más que una mera curiosidad, pensemos que señalar erróneamente a alguien como culpable de un delito puede tener consecuencias tan graves como la pena de muerte (recordemos los supuestos errores de identificación en el caso de Troy Davis). Por este motivo distintos autores se han centrado en estudiar las causas de este efecto y tratar de reducirlas lo máximo posible, habiéndose planteado tres hipótesis explicativas.

La primera propuesta viene de la mano de Goldstein, y señala que existen una tendencia a creer que hay razas que muestras característias físicas más homogéneas que otras, y esto haría que esas razas que son más similares entre ellas fueran más difíciles de identificar para un observador externo. Sin embargo, esta teoría se fue un poco a pique al someterla a comprobación empírica… porque tras realizar varios estudios analizando las similaridades perceptuales entre distintas razas, vio que no había correlación.

Nuestra segunda teoría explicativa hace referencia a los conceptos de endogrupo y exogrupo. Cuando hablamos de endogrupo nos estamos refiriendo a aquel grupo al que sentimos que pertenecemos por compartir una serie de características y códigos. La identidad del grupo viene determinada por la percepción de semejanzas entre los miembros del grupo, y puede variar en función del contexto en el que nos encontremos:  nuestro grupo de amigos, nuestro equipo de fútbol, nuestra clase o nuestra raza. Un fenómeno curioso es que dentro del endogrupo los miembros sienten que las semejanzas entre ellos son mucho mayores de lo que son en realidad, y que las diferencias respecto a los que no son del grupo (exogrupo) también son mayores. Esto tiene la capacidad de hacer que los miembros del endogrupo estén mucho más unidos contra esos con los que no tienen nada que ver (recordad el experimento de Sherif del campamento y los niños). Lo que tenemos que saber bien para seguir con el efecto de la raza, es que se produce un vínculo emocional muy fuerte entre los miembros del endogrupo, y esto puede producir diferencias en cuanto a las actitudes. Seeleman y Gasper hicieron unos experimentos en relación a esto, y vieron que si les pedían a sujetos blancos que memorizaran rostros de personas blancas y negras, y el porcentaje de recuerdo de los rostros blancos era muchísimo mayor, habiendo mostrado fisiológicamente “indiferencia” para codificar los rostros negros. Ahora bien, si estas mismas personas blancas tenían contacto a menudo con personas de raza negra, el porcentaje de reconocimiento de rostros blancos y negros se volvía muy similar, y el esfuerzo por codificar ambos rostros también era muy parecido. Así, vemos que aquellos que atribuían la raza negra como exogrupo mostraban menos interés y menos aciertos que aquellos que los atribuían como endogrupo.

Ahora bien, estos descubrimientos nos llevan a formular la tercera gran hipótesis: el papel de la experiencia. Si bien es cierto que el esfuerzo era mayor por las actitudes favorables, también parece explícito que aquellos estudiantes que trataban con personas negras tenían una mayor experiencia perceptiva, y por tanto esto podría estar influyendo en su adecuado reconocimiento. En efecto, experimentos posteriores realizados para determinar el reconocimiento de las expresiones emocionales faciales con personas de distintas razas, mostraron que era mucho más fácil identificar las emociones dentro de una misma raza, o habiendo tenido experiencia con personas de otras razas.

Sin embargo, vemos que por muchas explicaciones que le demos a este efecto… no parece que vayan a servir mucho de ayuda para que los testigos puedan identificar mejor, porque la solución que nos dan es que éstos hayan tenido experiencias previas con personas de otras razas. Además, no terminan de explicarnos por qué ocurre este efecto.En las búsqueda de esta explicación se han llevado a cabo múltiples experimentos con estímulos faciales asiáticos, caucásicos, negros y recientemente se han incluído hispanos. En el experimento que vamos a ver ahora, se usaron sujetos hispanos cuya tarea era reconocer distintos rostros ambiguos (rasgos como la nariz, ojos o labios habían sido modificados siguiendo los patrones de otras razas, en este caso negra). En este trabajo se trata de ver si los sujetos son capaces de reconocer los rostros como hispanos o negros teniendo en cuenta el marcador racial (con esto nos referimos al pelo, porque vieron que cuando aparecía la cara sin pelo era muchísimo más difícil determinar la raza a la que pertenecia).

Lo que tenían que hacer los participantes era determinar la raza de 24 caras ambiguas que contenían características que se solapan en ambas razas (cejas, ojos y pelo oscuro, labios prominentes, nariz…etc), pero que no se consideran exclusiva de ninguna de ellas, y clasificar únicamente a través de esas característica sería muy complicado… hasta que introducimos un marcador racial que hace que sean fácilmente identificables, en este caso, el pelo.Ejemplo de rostros ambiguos”]

A través de un estudio piloto se determinaron los cuatro estilos de peinado más comunes entre los hispanos y los negros, y con estos datos se dividieron las 24 caras ambiguas en dos mitades: una contenía los peinados típicamente negros y la otra los hispanos (de manera que no se viera sesgada la identificación de los rostros por el peinado).

Ejemplo de rostros ambiguos

Peinados como marcador racial

El experimento incluía distintas combinaciones, de manera que al principio se presentaban 24 caras (12 de cada raza) y luego otras 24, y los sujetos tenían que determinar si ya habían visto o no esos rostros antes. Una vez que se desarrolló todo el experimento (para más datos metodológicos podéis leer el informe original en la bibliografía), los resultados mostraron que los rostros hispanos habían sido mejor reconocidos que los negros, por los participantes hispanos. Además, también mostraron mucha más facilidad para reconocer los rostros nuevos y viejos hispanos, pero se confundían con los negros (no sabían si los habían visto antes o eran unos nuevos). Este experimento parece mostrar que el efecto de la raza no tiene tanta relación como se creía con la experiencia, pues aún cuando usamos estímulos comunes a varias razas… el efecto sigue apareciendo. Quizá este trabajo apoye más la idea de la categorización racial, pues aún características idénticas sólo eran diferenciadas en presencia de un marcador racial (pelo).

Ahora que sabemos que este efecto se produce una y otra vez en todos los contextos, ya estamos listos para plantearnos las implicaciones legales de las que hablábamos al principio. A la hora de reconocer a sospechosos influyen muchísimas variables como el nivel de ansiedad del testigo en el momento del delito, la presencia o no de armas….etc. (recordad la entrada en la que hablábamos de esto) junto con los prejuicios sobre distintas razas (X vienen a robar, x raza es peligrosa…etc.). Así que no sólo hemos de lidiar con los errores del sistema policial a la hora de hacer ruedas de reconocimiento, sino que tenemos que tener en cuenta todas las características del testigo y el efecto de la raza. Shereee Josephson de la Weber State University realizó un experimento con cuarenta participantes a los que les ponía un vídeo en el que se estaba cometiendo un crimen. Al día siguiente de haber visto el video, se les pedía que fueran a una rueda de reconocimiento fotográfica para señalar al culpable. En efecto encontró lo que estáis pensando: la mayoría falló identificando al sospechoso, muchos señalaron a personas que ni siquiera salían en el video y otros señalaban a varios distintos. Los que acertaron pertenecían a la misma raza que el supuesto criminal que salía en el vídeo.

Otro ejemplo lo hicieron Platz y Hosch con personas que tenían que diferenciar entre tres personas que habían comprado previamente: uno blanco, uno negro y un mexicano. Al final los resultados nos volvieron a mostrar lo mismo que todos los anteriores: eran capaces de identificar sin problema a los sujetos que eran de su propia raza, pero cuando tenían que reconocer a los otros decían: “Pero es que son todos iguales”.

Ahora que sabemos esto ya estamos en disposición de ser más críticos cuando escuchemos, leamos o nos cuenten cómo alguien identificó sin lugar a dudas a algún sospechoso de otra raza distinta a la suya. Recordad que nuestra memoria es muy maleable incluso en condiciones ambientales óptimas, así que ¿cómo fiarnos de lo que vimos bajo condiciones malas o con niveles de estrés elevados? Pues esto que nos pasa a nosotros, también le pasa a los demás… así que os quiero ver críticos y quisquillosos con la próxima película en la que veais testigos oculares que se someten a ruedas de reconocimiento!

Para saber más:

- Examining The Cross-Race Effect Using Racially Ambiguous Faces (PDF)

Toda tu vida en este planeta y jamás habías oído el nombre de ese escritor, habías visto a ese actor o habías escuchado a ese grupo de música, pero basta que conozcas de su existencia para que de pronto todo el mundo se ponga de acuerdo, y tú te lo encuentres hasta en la sopa. ¿Cuántas veces os ha pasado esto?

Pues en 1986 más o menos, un tal Terry Mullen se inquietó por esta casualidad que le acababa de suceder y decidió remitírsela a la sección de anécdotas del St. Paul Pioneer Press, bajo el título: “El fenómeno Baader-Meinhof”. Resulta que el señor Mullen estaba leyendo un artículo en el periódico y allí leyó por primera vez sobre la existencia de una organización terrorista alemana de la posguerra llamada Fracción del Ejército Rojo, o Baader-Meinhof (en honor a sus líderes más destacados). A partir de ese momento empezó a verlo en numerosos lugares cuando ni siquiera lo buscaba… y esto le llamó tanto la atención que decidió mandarlo al periódico.

Una vez que se publicó su escrito, empezaron a llegar montones de historias de lectores que habían vivido lo mismo con distintos contenidos, y desde entonces se enviaron bajo el nombre del efecto baader-meinhof. Así, el efecto se define como: ” Fenómeno que sucede cuando una persona, después de haber aprendido algun hecho específico, una frase, una palabra, o la existencia de una cosa por primera vez, se la encuentra de nuevo, quizá muchas veces en un periodo corto después de haberlo aprendido“.

¿Por qué nos pasa esto? Existen distintas explicaciones en función de a quién acudamos. Dentro de las explicaciones menos científicas podemos encontrar el concepto Jungiano de sincronicidad, que significa: “la simultaneidad de dos sucesos vinculados por el sentido pero de manera acausal”, es decir, cuando dos acontecimientos que es muy improbable que se den juntos, se dan y además tiene un significado. Esta definición es muy liosa y rollo, así que vamos a explicarlo a través de un ejemplo del propio Jung:

“Una joven paciente soñó, en un momento decisivo de su tratamiento, que le regalaban un escarabajo de oro. Mientras ella me contaba el sueño yo estaba sentado de espaldas a la ventana cerrada. De repente, oí detrás de mí un ruido como si algo golpeara suavemente la ventana. Me di media vuelta y vi fuera un insecto volador que chocaba contra la ventana. Abrí la ventana y lo cacé al vuelo. Era la analogía más próxima a un escarabajo de oro que pueda darse en nuestras latitudes, a saber, un escarabeido (crisomélido), la Cetonia aurata, la «cetonia común», que al parecer, en contra de sus costumbres habituales, se vio en la necesidad de entrar en una habitación oscura precisamente en ese momento. Tengo que decir que no me había ocurrido nada semejante ni antes ni después de aquello, y que el sueño de aquella paciente sigue siendo un caso único en mi experiencia.”

Ahora nos queda más claro a qué se refería Jung con el tema de la sincronicidad. Pero como veis, esta explicación es un poco demasiado chamanesca. Como alternativa a este concepto surgen las explicaciones de corte cognitivo, que señalan la importancia de dos conceptos: la atención selectiva y la recencia.

La atención humana se divide en tres tipos: la atención sostenida (que es la que implica estar muy concentrados en una sola cosa, por ejemplo cuando leemos), la atención dividida (que es la que surge cuando hacemos varias cosas, por ejemplo cuando copiamos algo dictado: escuchamos y escribimos a la vez), y por último, la atención selectiva. Vamos a imaginarnos que estamos por la calle y hemos quedado con algún amigo. Lo más normal es que en la calle haya muchísima gente, ¿y cómo hacemos para no confundir a nuestro amigo con cualquier otra persona? Pues activamos nuestra atención selectiva, que tiene como una especie de filtro que nos hace ignorar la información irrelevante y captar únicamente la que nos interesa. Podréis imaginar lo difícil que sería para nuestro sistema -que es muy limitado- atender y procesar toodos los estímulos que nos encontramos a lo largo del día, y de los cuales muy poquitos son interesantes.

Bien, pues la primera propuesta es que cuando conocemos una nueva información, ésta se convierte en un estímulo significativo para nosotros y nos es más fácil identificarlo. Así, si ahora cualquiera de vosotros os ponéis a leer una revista y de pronto leéis “Efecto Baader Meinhof”, vuestra atención selectiva se fijará en ello porque ahora conocéis lo que es, y antes probablemente lo pasarais por alto, pues no tenía ningún significado. De este modo podemos ver que pasa con cualquier otro estímulo, por ejemplo si conocemos a alguien con un nombre raro, ahora nos fijaremos más en ese nombre y lo destacaremos más, puesto que ahora hemos activado un significado emocional.

La otra explicación tira del concepto de recencia. En psicología tenemos en cuenta el orden de presentación de los estímulos, puesto que se ha visto en numerosas investigaciones que es de gran importancia. Se ha visto una y otra vez que los estímulos que se presentan en primer (primacía) y último lugar (recencia) son mejor recordados por los sujetos, y adquieren una significación más potente. Así, cuando adquirimos una nueva información estamos más atentos al estímulo la próxima vez que lo encontremos.

Ahora que sabéis de la existencia de este fenómeno, estad atentos… y ¡a ver en cuantos sitios os lo encontráis!

El efecto Dunning-Kruger

Posted: 7 agosto 2011 in psicologia social

Seguramente todos vosotros os habréis topado en vuestra vida con una de esas molestas personas que dicen saberlo todo. No importa el tema del que se esté hablando, porque estas personas dicen saber siempre más que los demás… aunque esto no lo demuestren demasiado a menudo.

Parece que los investigadores Justin Kruger y David Dunning de la Universidad de Cornell (NY) también conocían a un par de personas así, por lo que idearon una investigación para comprobar la existencia de esta tendencia a sobrevalorar los propios conocimientos e infravalorar los de los demás, independientemente de las pruebas que haya para pensar que tienen razón.

Para ello, lo que hicieron fue partir de la hipótesis de que los sujetos incompetentes cumplían tres características: tienden a sobreestimar su habilidad, son incapaces de reconocer las habilidades de los otros ni su incompetencia real; y por último, determinaron que si se les entrenaba para mejorar su habilidad, serían capaces de darse cuenta de que antes no sabían tanto como creían.

Para someter esta hipótesis a comprobación empírica, lo que hicieron fue pedirle a una serie de estudiantes voluntarios que se sometieran a unos cuestionarios en los que se evaluaban distintas habilidades como comprensión lectora, lógica o gramática. Una vez que se obtuvieron los resultados, se les preguntó individualmente que estimaran qué tal lo habían hecho… y lo que se vio iba justamente en la dirección que apuntaban Kruger y Dunning: los sujetos que obtuvieron peores puntuaciones estaban seguros de haber sido de los mejores. Pero también encontraron algo que no habían planteado, y es que se producía también el efecto contrario: Los que tenían buenas puntuaciones, tendían a subestimar muchísimo sus resultados. Además, estos sujetos “brillantes” que se creían peores, también tenían la tendencia de creer que aquellas tareas que a ellos les resultaban muy complicadas, a los demás seguro que les parecían facilísimas, con lo que sus autopercepciones eran todavía más negativas.

Otros autores replicaron este experimento y encontraron que los resultados seguían siendo congruentes con el experimento original. Una y otra vez, aquellos menos capaces tendían a creerse superiores y a negar las habilidades de los otros, mientras que los competentes creían ser peores de lo que eran y estimaban como más capaces a todos los demás.

La explicación que se ha dado a este efecto está en relación al feedback que se recibe desde cada uno de los dos grupos. Como decíamos al inicio, cuando en una conversación normal nos encontramos con la persona sabelotodo, que por mucho que se le diga que no tiene razón, no hace ni caso… acabamos por dejar de decirle nada e ignoramos la mayoría de sus comentarios, esto es, no les damos feedback. Esta falta de retroalimentación provoca que estos sujetos consideren que nadie tiene ninguna duda de sus conocimientos, por lo que esto tiene que significar que son superiores y nadie replica porque saben menos que él. Sin embargo, cuando estamos conversando con una persona que reconoce lagunas en sus conocimientos y aportamos algún dato que desconoce, hacemos que añada esa nueva información a sus conocimientos previos, de manera que se refuta su idea de que no lo sabe todo, y de que los demás pueden tener más conocimientos que de los que posee.

Sin embargo, para explicar este efecto debemos tener en cuenta ciertos factores, que a menudo son ignorados. En primer lugar, hay que atender a los efectos de la regresión a la media. Este concepto se refiere a una tendencia a que los sujetos más extremos se vayan acercando a la media en las mediciones posteriores, de manera que los más brillantes reducirían su rendimiento y los menos, lo aumentarían. Por tanto, vemos que no resulta tan sorprendente haber encontrado estos hallazgos si tenemos en cuenta este efecto. Pero aunque expliquemos parte de esta tendencia, aún hay algo que ni este concepto estadístico explica: ¿por qué se produce asimetría en las percepciones? Suponemos que si los incapaces tienden a evaluarse como excelentes, los capaces deberían verse en el extremo opuesto, sin embargo esto no es así.

Para explicar el motivo de esta asimetría, acudimos a los sesgos cognitivos, en este caso al sesgo por el cual las personas tendemos a considerarnos de un modo excesivamente positivo. De este modo, aquellos que resultaban incapaces exageraban sus resultados, pero los que infravaloraban, al hacer uso de este sesgo se veían menos influidos negativamente, situándose en su percepción más cerca de la realidad que los incapaces.

Finalmente, hay que señalar la existencia de estudios recientes que apuntan otra variable que hay que tener en cuenta: la dificultad de la tarea. Los investigadores vieron que en función de la dificultad, las percepciones cambiaban. En caso de enfrentarse a cuestionarios muy difíciles, todos los sujetos mostraban la sensación de haber tenido un desempeño menor que el resto de las personas. Sin embargo, cuando el cuestionario tenía preguntas fáciles, se refutaron los resultados hallados previamente por Kruger y Dunning.

Así que la próxima vez que os encontréis con uno de estos sabelotodo ya sabéis lo que contestarles!


Nuestra protagonista de hoy es Sybil Mason, una mujer de Minessota que con su vida, inspiró la creación de una obra que instigaría el interés de muchos por los trastornos disociativos de la identidad.

Sybil nació en 1923 en Dodge Center (Minessota) en el seno de una familia de clase media. Era la única hija de Walter y de Alice, pero ésta última era un tanto peculiar. En el barrio todos decían que estaba “loca”… a menudo caminaba sola a altas horas de la noche cuando la calle estaba a oscuras, o se reía a carcajadas mientras paseaba. Más tarde fue diagnosticada de esquizofrenia.

A lo largo de su infancia, Sybil sufrió graves abusos a lo largo de su infancia. Antes de que cumpliera un año, su madre comenzó a atarla y a suspenderla en el aire. Muchas veces, la colocaba en la mesa de la cocina y tras amordazarla, le introducía diversos objetos en la vagina, argumentando que simplemente la estaba preparando sexualmente para cuando fuera una mujer. Estas prácticas provocaron tales desgarros en la niña, que años después las lesiones seguían patentes en diversas exploraciones ginecológicas. Otras torturas consistían en suministrarle laxantes y no dejar que fuera al cuarto de baño… no darle de comer…etc.

Tratad de situaros en el lugar de Sybil. ¿Cómo puede hacer una niña para soportar estos martirios? No puede avisar a nadie, y quizá ni siquiera entienda que es algo fuera de lo normal, porque es la única experiencia que conoce.

Algunas personas, ante acontecimientos traumáticos de esta magnitud, desarrollan la capacidad de evadirse hacia “otro mundo”, un lugar donde no hay cabida para el dolor y el sufrimiento: ser otra persona.

Las personas con Trastorno de identidad disociativa (TID) pueden adoptar hasta 100 identidades diferentes que coexisten de manera simultánea dentro del mismo cuerpo (Criterio A del DSM: Presencia de dos o más identidades o estados de personalidad) controlando de forma recurrente el comportamiento del individuo (Criterio B). Cuando el paciente viene a tratamiento, es generalmente una entidad huésped. Una entidad huésped se encarga de antener unidos los distintos fragmentos de identidad, pero a menudo terminan siendo rebasados por las otras identidades. A continuación vemos un listado de las 16 personalidades que se identificaron en Sybil:

1. Sybil Isabel Dorsett (1923): Identidad base

2. Victoria Antoinette Scharleau (1926): Sofisticada, atractiva y seductora

3. Peggy Lou Baldwin (1926): Esta identidad trataba de ser asertiva y comprensiva, pero a menudo se mostraba muy enfadada.

4. Peggy Ann Baldwin (1926): Parecida a Peggy Lou, pero temerosa.

5. Mary Lucinda Saunders Dorsett (1933): Dulce y cariñosa, con gran instinto maternal.

6. Marcia Lynn Dorsett (1927): Bohemia, muy emocional y amante del arte: escritora y pintora.

7. Vanessa Gail Dorsett (1935): Esta identidad se presenta como dramática, ardiente y muy atractiva. Cambia su modo de vestir y de peinarse, adoptando un aspecto mucho más atrevido.

8. Mike Dorsett (1928): Una de las identidades masculinas de Sybil, es carpintero y un chico sencillo.

9. Sid Dorsett (1928): La otra identidad masculina de Sybil, es un chico seductos y que sabe encandilar a la gente. Es rudo y valiente.

10. Nancy Lou Ann Baldwin (n/d): Siente gran interés por los temas políticos y es extremadamente religiosa. Se parece físicamente mucho a las dos Peggys.

11. Sybil Ann Dorsett (1928): con aspecto enfermizo, pálida y débil.

12. Ruthie Dorsett (n/d): es la identidad infantil de Sybil, como una regresión a su infancia.

13. Clara Dorsett (n/d): Religiosa ortodoxa, se muestra muy crítica con el comportamiento de Sybil.

14. Helen Dorsett (1929): Asustadiza, débil y temerosa.

15. Marjorie Dorsett (1928): Alegre y risueña, muy implicada para lograr la integración.

16. The Blonde (1946): Es la última identidad que creó Sybil. Es la típica chica de instituto, alegre y simpática que trata de ser popular.

Muchos pacientes cuentan alter egos que representan una esfera distinta de su vida, por ejemplo, es habitual que cuenten con al menos una personalidad temerosa y otra muy activa sexualmente. El cambio de una personalidad a otra, lo llamamos transición y generalmente es instantáneo aunque en las películas estemos acostumbrados a ver ese cambio de personalidad de una forma muy teatrerilla y dramática. Una característica es que en las transiciones se producen modificaciones físicas, por ejemplo aparición de tics, muecas, gestos propios de cada personalidad, tono de voz diferente, acento propio, incluso se desarrollan modificaciones oculares como el microestrabismo, o el cambio en la utilización de las manos. Durante estos momentos en los que está presente la “otra persona”, la identidad huésped no es consciente de ello, y cuando vuelve en sí se produce una incapacidad para recordar todo lo acontecido en ese periodo de tiempo, un olvido demasiado prolongado como para considerarse ordinario (Criterio C).

Luis, hombre de 27 años, padecía fuertes jaquecas que eran insoportablemente dolorosas y ocupaban periodos cada vez más largos. Además, no podía recordar lo que sucedía mientras tenía una jaqueca, salvo que algunas veces transcurría una gran cantidad de tiempo. Por último, tras una noche particularmente mala, en la que ya no podía mantenerse en pie, pidió que lo admitieran en un hospital local. Sin embargo, lo que en realidad indujo a Luis a ir al hospital fue lo que otras personas le comentaron que había hecho durante sus fuertes jaquecas. Por ejemplo se le dijo que la noche anterior había tenido una pelea violenta con otro hombre y que trató de apuñalarlo. Huyó del lugar y la policía le disparó durante una persecución a gran velocidad. Su mujer le comentó que, durante una de sus jaquecas, la había echado de casa junto con su hija de 3 años, amenazándolas con un cuchillo de carnicero. Durante sus jaquecas y en sus momentos de violencia se hacía llamar “Usoffa Abdulla, hijo de Omega”. En una ocasión trató de ahogar a un hombre en un río. El sujeto sobrevivió y Luis escapó nadando unos 400 metros río arriba. Despertó a la mañana siguiente en su cama, empapado y sin recordar el incidente.

Durante la hospitalización de Luis, el personal pudo comprobar qué era lo que sucedía en esos momentos en los que no recordaba nada. Cuando se producían las jaquecas, aseguraba tener otros nombres y se comportaba de manera distinta. Se llegaron a conocer tres identidades además de Luis. El primero era Alberto, un chico racional, tranquilo y controlado, que había nacido cuando Luis tenía 6 años y había visto como su madre apuñalaba a su padre. Luego estaba Santiago, que parecía encargarse de las actividades sexuales y de las conquistas en general, y había nacido en una de las múltiples ocasiones en las que su madre le hacía vestirse de niña; y el tercero era Usoffa Abdulla, violento y peligroso, que apareció cuando Luis tenía 10 años y un grupo de niños del colegio le habían dado una paliza brutal.

¿Qué provoca esto? Las investigaciones apuntan a la influencia de los acontecimientos vitales traumáticos a edades muy tempranas. Si nos fijamos en estos dos casos, vemos que tienen algo en común: muy pequeñitos sufrieron una experiencia impactante. Parece ser que cuando analizamos muestras más grandes, encontramos el mismo patrón. Putnam (Putnam, 1986) examinó 100 casos y descubrió que un 97% de ellos habían experimentado en algún momento traumas significativos, por abuso sexual o físico; siendo el 68% de estos casos relativos a incesto. A Sybil la ataron y violaron, Luis vio su madre mataba a su padre, y muchos otros niños experimentan vivencias como ser enterrados vivos o ser torturados con planchas, cerillas o navajas de afeitar. De hecho, en una de sus investigaciones, Putnam describía el caso de una joven que vivía en una zona de guerra, y presenció la muerte de sus padres al pisar en un campo minado. En estado de shock, la niña reaccionó de forma sorprendente: corrió a reunir todos los pedazos para poder juntarlos de nuevo.

Como vemos, este tipo de experiencias configuran una serie de reacciones emocionales y conductuales, que parecen provocar una reacción de escape para reducir el malestar que nos provoca ese acontecimiento que hemos vivido.

Pero, ¿esto nos puede pasar a todos nosotros? En realidad, parece que al igual que en la mayoría de los trastornos psicológicos existen personas con mayor vulnerabilidad que otras. Las experiencias disociativas se pueden ver en otros trastornos como los epilépticos, donde vemos que cerca de un 50% de los pacientes experimentó algún síntoma disociativo.

Por tanto, han de darse ciertas circunstancias para que exista la posibilidad de desarrollar este trastorno:

  1. Tener una predisposición biológica de vulnerabilidad y sugestionabilidad.
  2. Vivir un acontecimiento traumático de gran severidad que haga desarrollar la disociación.
  3. Que los traumas sigan aconteciendo repetidamente para desencadenar nuevas disociaciones.


Como siempre, vamos a acabar la entrada de hoy con algunos videos que nos hagan ver de forma más ilustrativa este trastorno. Los primeros videos que os pongo, son dos fragmentos de una película que se hizo sobre el caso de Sybil (hay dos versiones, una de 1976 y otra de 2007), en el primero hace un pequeño resumen del caso (se ve lo que le pasaba de pequeña y cosas así) y luego se presentan unas cuantas identidades. Es muy interesante, porque se ve el cambio radical de una a otra tanto físicamente como en su acento, sus palabras…En el segundo se ve mucho mejor todo esto.

Aquí tenéis el caso de una mujer en el que también se aprecian los cambios comportamentales en función de la identidad que adopte:


Y ya para acabar, deciros que existen muchas películas en las que se tratan los trastornos disociativos, y es probable que hayáis visto muchas de ellas. Las voy a poner aquí abajo en letra blanca, porque el mero hecho de saber la temática que tratan, pueden ser spoiler en muchos casos. Si estais interesados en ver las películas que son, seleccionad el texto que viene a continuación para que se vuelva visible y podais verlas si os interesan.

Para saber más:

- TID en el cine

- Barlow, D. (2001). Psicopatología. México [etc.] : Thomson, D.L. 2003


Hoy vamos a hablar de la psicología del pensamiento, una parte muy importante en el estudio del razonamiento humano. Os voy a enseñar un problema muy conocido para los que se han inmiscuido en el mundo de la lógica, pero que quizá otros muchos no lo conozcais,  y por eso hoy os propongo el problema THOG.

El problema THOG fue planteado por primera vez por Peter Wason en el año 1979. Se trata de una tarea en la que los sujetos deben hallar la solución a un problema a través de un enunciado de tipo disyuntivo (En el que se tiene que escoger entre dos opciones, por ejemplo: ¿Chocolate blanco O negro?). Lo que encontró en esta tarea, es que la mayoría de los sujetos no eran capaces de responder adecuadamente, aún a pesar de la estructura lógica tan sencilla que el problema planteaba.

Imagínese que he escrito en un papel aparte uno de los colores (blanco o negro) y una de las formas (diamante o círculo). Usted sabe que es cierta la siguiente aseveración:

“Si una figura incluye la forma o el color que he escrito, pero no ambos, entonces es una THOG”.

 A partir de esta afirmación, se nos dice que aquí hay un THOG y es el diamante negro. Por tanto, a partir de esta información, debes determinar si el círculo negro, el círculo blanco y el diamante blanco:

a) Definitivamente es un THOG.

B) No se puede saber si es un THOG o no.

C) Definitivamente no es un THOG.”


Si queréis ver la solución y cómo se llega a ella, pinchad en “Leer más”. Así os dejo la posibilidad de que lo intenteis averiguar por vosotros mismos
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